Hemos concluido el tiempo de Pascua con la celebración de Pentecostés, y es un momento para regocijarnos en el envío del Espíritu Santo sobre la Iglesia y sobre nosotros.
La Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo, nos unge con el poder y la gracia de Dios.
Dios nos ama
En el Evangelio del Sexto Domingo de Pascua de este año hace dos domingos, escuchamos este pasaje: “Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre y ustedes están en mí y yo en ustedes. El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama. El que me ama a mí será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él . . . entonces vendremos a él para poner nuestra morada en él” (Juan 14:20-21, 23).
Estas promesas de Jesús en la Última Cena son el cumplimiento de toda su misión y la esencia de todo el Evangelio.
El Dios Trino, a quien el universo no puede contener, nos ama tan profundamente en Cristo que desea morar en nuestras almas mediante la gracia santificadora del Espíritu Santo.
Si amamos al Señor y cumplimos sus mandamientos, nos convertimos en el lugar sagrado donde Él viene a morar.
Esta realidad espiritual es tan significativa, profunda y abrumadora que a la mayoría de nosotros probablemente nos cuesta creerla.
¿Cómo puede Dios amarme tanto? ¿Cómo puedo yo, con todos mis pecados y fracasos, ser la morada de Dios Todopoderoso? ¿Puede Dios estar tan cerca?
Cuando vivimos constantemente en esta conciencia radical de la morada de Dios, ¡cuán diferentes se vuelven nuestras vidas!
Somos más sensibles a la presencia de lo Divino, tanto en nosotros como en quienes nos rodean.
El pecado nos domina menos porque Jesús está ante nuestros ojos.
Dependo menos de la afirmación y el amor de los demás porque la base de mi alegría y paz es la luz divina interior.
Puedo soportar las penas y las cruces de esta vida con mayor serenidad porque me reconozco como hijo del Padre en mi peregrinación al Cielo.
Este pasaje de Juan nos ayuda a comprender mejor el misterio de la vida de oración de Cristo.
Puesto que el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre, Jesús pasó esas largas noches de oración simplemente descansando en la gracia de esa morada divina.
Necesitaba este reposo espiritual más que el sueño físico, pues encontraba descanso en el corazón del Padre. Esta gran verdad forma nuestra vida de oración.
A medida que profundizamos en el amor de Cristo, nuestra oración se centra menos en nuestras necesidades y más en la voluntad de Dios; menos en palabras y más en el silencio; menos en lo que hacemos y más en cómo Dios actúa en la silenciosa realidad de Su misteriosa morada.
El poder del Espíritu Santo
Al celebrar Pentecostés y el nacimiento de la Iglesia, somos testigos del poder explosivo del Espíritu Santo, ungiendo a los Apóstoles, enviándolos a la misión evangelizadora de proclamar el Evangelio a toda criatura y hacer discípulos.
Este impulso externo de la Iglesia de ir al mundo, sin embargo, solo se sostiene gracias a la llamada interior del Espíritu Santo a morar con el Señor en la oración y los sacramentos, mientras Él habita en nuestros corazones y vidas.
Cristo se entregó durante el día a la predicación, la sanación y la enseñanza, porque descansaba en el corazón del Padre cada noche.
Este Evangelio nos llama a embarcar una vida distintiva y deliberada.
En nuestro incesante mundo de acción, Dios nos llama a la quietud.
Tentados a medir nuestro valor por factores externos, encontramos en cambio que el amor del Señor nos basta.
Aunque naturalmente huimos del dolor y la tristeza, los creyentes encontramos en ellos significado, paz e incluso alegría.
En una cultura que a menudo no respeta la dignidad humana, exaltamos la gloria de cada persona, hecha a imagen y semejanza de Dios.
Deja que tu vida interior sea cada vez más un descanso en el corazón del Padre, con el consuelo de que el Dios misterioso, todopoderoso y trascendente ha elegido tu corazón y tu alma, tú mismo ser, como lugar en donde morar.
