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Abre nuestros ojos, Señor

On November 1, 2012
Obispo Robert C. Morlino
Esta columna es la comunicación del Obispo con los fieles de la diócesis de Madison. Cualquier divulgación más amplia va más allá de la intención del Obispo.

Queridos amigos:

En el Evangelio del pasado domingo escuchamos sobre Bartimeo (Mc 10:46-52). Bartimeo no era ciego de nacimiento, a diferencia del hombre en el cuarto capítulo del Evangelio según Juan. Bartimeo vio por muchos años y luego perdió la vista y por ello sabía qué era lo que no tenía. Y además de perder la vista, por su ceguera fue reducido a mendigar, y por esa razón era tratado como alguien que había perdido su dignidad humana.

En la historia del Evangelio, Bartimeo estaba sentado allí, en su miseria, y se acercó Jesús. Bartimeo no puede controlarse porque, de repente, la esperanza invade su miseria, y le grita a Jesús. Pese a que algunos quieren que Bartimeo se quede en silencio, Jesús lo llama y le pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?” Bartimeo, que hablaba en forma directa, respondió: “Señor, quiero ver”. Bartimeo recibe el don de ver, ¿y qué hace? No regresa a su vida antigua. Ahora con vista, inmediatamente sigue a Jesús.

De eso se trata la Nueva Evangelización durante el Año de la Fe. Mucha gente una vez vio, pero se ha vuelto ciego. El problema es que no lo saben como para decir, “quiero ver”. Pero nosotros somos los instrumentos de la esperanza de Jesucristo que los mueve a decir eso. Y tenemos un gran problema en nuestro país y en nuestra sociedad con la gente, incluyendo a muchos católicos, que simplemente no quieren ver.

Formar una consciencia adecuadamente

Se publicó un artículo el domingo en el Wisconsin State Journal que está basado en una entrevista a un sociólogo, sobre el Vaticano II. Este sociólogo comienza opinando que el Vaticano II le dio vida al papel de los laicos y los tomó en serio: y todo eso es cierto. Sin embargo, la manera en la que este sociólogo afirma que el Vaticano II tomó en serio a los laicos fue que el Concilio destacó que los laicos no simplemente obedecen a la Iglesia, sino que este sociólogo dice que el Vaticano II le dijo a la gente que averigüe lo que la Iglesia enseña y luego que decidan al respecto. En otras palabras, este sociólogo cree que lo que el Vaticano II hizo por la Iglesia fue promover el “catolicismo de cafetería” en el que todos simplemente construyen su Iglesia de acuerdo a su orden, en el que se sabe lo que enseña la Iglesia, pero en la que luego se decide qué partes se quiere seguir y qué partes no.

Si uno está llamado a ser católico, uno sigue lo que la Iglesia enseña, ese es el correcto entendimiento de la consciencia (como estipula el Vaticano II). Y si uno realmente no puede seguir lo que la Iglesia enseña, entonces esa consciencia necesita que uno deje la Iglesia. Esa es la decisión adulta. La consciencia de uno no exige que uno genere su propia religión y luego pretender ser católico.

Los católicos de cafetería no estuvieron siempre ciegos, pero ahora lo están. Y desafortunadamente muchos de ellos no quieren ver, y muchos no quieren ni siquiera admitir que están ciegos, porque hay gente que sigue diciéndoles que están bien porque “el espíritu del Vaticano II” fue el de crear el catolicismo de cafetería. Sin embargo es difícil para la Iglesia llegar a esa gente, porque en esa forma de catolicismo, los Obispos y el Papa sólo son oídos si dicen lo que la gente quiere escuchar. Este tipo de actitud tiene un verdadero impacto en la forma en la que la gente vive y en la forma en la que la gente intenta construir una sociedad.

¿Queremos ver?

Y en estos momentos en nuestro país, especialmente cuando hemos sido inundados con la conversación política, ya es difícil para muchos ver derecho: y eso es comprensible, dada la confusión de todo ese diálogo. Pero, como pastor encargado de la cura de almas, temo por los muchos católicos que son demócratas o que son republicanos y no quieren ver, o que preferirían ver con los ojos de su partido, en vez de con los ojos de la fe y la razón.

¿Qué ven aquellos que quieren ver, realmente ver? Tenemos que mirar inmediatamente los asuntos que saltan a la vista, porque involucran el mal intrínseco. Tenemos que considerar que hay derechos, incluyendo el derecho a la vida, que está antes incluso que nuestro propio bienestar económico.

Y si las políticas de uno son un intento de reducir e incluso de matar más y más y más de la futura generación al promover y hacer abortos gratis y a pedido, así como anticoncepción, ¿por qué debería sorprendernos que no haya preocupación por esas generaciones en términos de manejar la deuda masiva?

Sin contar a los que han muerto por abortos químicos y la anticoncepción artificial abortiva, hemos permitido la muerte de más de 55 millones de niños desde 1973 en nuestro país, y actualmente con un promedio de 1,2 millones al año, en Estados Unidos. Un candidato que promueve el aborto sin restricciones, y sin costo, y promueve la anticoncepción artificial, pagada por aquellos que la encuentran inmoral, claramente se convierte en enemigo de la razón moral.

Este es un asunto muy serio y sin embargo hay muchos que se llaman católicos y que aún no quieren ver. Escrita en nuestra misma naturaleza, en el lenguaje de nuestros cuerpos, por el Creador, está la verdad de que el matrimonio significa un esposo, una esposa, de por vida, con apertura a los niños. Todo ser humano tiene derecho a casarse con la persona del sexo opuesto que elija, pero tenemos que recordar lo que es el matrimonio. El derecho a casarse con una persona del sexo opuesto no está amenazado, pero no hay derecho a redefinir el matrimonio como “matrimonio del mismo sexo”. Redefinir el matrimonio es atacar la esencia del ser humano. Dios hizo a la humanidad hombres y mujeres, y los hizo para el matrimonio, le dio a sus cuerpos un significado nupcial. Eso es lo que somos como humanos: somos hombres y mujeres.

Si eso no importa entonces la humanidad como fue creada está disminuida hasta el punto en el que ahora tenemos gente que quiere jugar una especie de juego, mortal para la humanidad, que dice, “deja que los niños nazcan y después de algunos años decidan lo que quieran ser ‘él o ella’”. En vez de ser lo que Dios quiso que fuera, me convierto en lo que siento que soy. Dios ya no está a cargo sino lo que siento. Eso es decir, claramente, “no quiero ver”.

Tenemos que abrir nuestros ojos

Muchos católicos, desafortunadamente, son convencidos por eso. Si alguien no quiere ver, no hay esperanza para sanar, porque no saben que necesitan ser sanados. Y cuando vemos a los medios recibimos una dosis de eso cada día. Mucho de lo que está sucediendo en el mundo, en términos de estos asuntos, en términos de Libia y otros temas, está siendo oscurecido porque la gente no quiere ver: al menos no hasta después de las elecciones.

La salvación de Bartimeo la ganó en esas tres palabras: “yo quiero ver”. Nuestro país y nuestra cultura (incluyendo a muchos católicos) proclaman: “no quiero ver”. Ese es el desafío de la Nueva Evangelización y ese es el desafío que espera a nuestro país, que tenemos que enfrentar, listos o no, el 6 de noviembre. Temo terriblemente que no estemos listos para enfrentarlo porque un electorado que no quiere ver, incluyendo a los católicos, no puede elegir sabiamente.

Tú y yo tenemos que ser instrumentos de la gente de a pie para sacarlos de su ceguera. La gente está ciega y cree que está bien, al menos por ahora. Esa ceguera podría liderar a nuestro país cada vez más hacia abajo. Como resultado de esta elección, nuestro país podría volverse cada vez menos humano en el alma. Y las consecuencias de eso – previstas y no vistas– serían catastróficas.

Esta es la elección más importante de mi vida, la esencia de lo que significa ser humano está en juego. Eso es bastante más importante que la economía porque, si la humanidad está bajo ataque, nada puede ir bien entonces con la economía. Tenemos que rezar mucho y tenemos que hablar en los días venideros a nuestros amigos, vecinos, a nuestros familiares, a todos los que no quieren ver. Si ellos pueden descubrir que al no querer ver, no se tiene esperanza, tal vez se arrepientan y le rueguen al Señor “yo quiero ver”.

Entonces, por encima de todo rezamos por ellos, por nuestro país, rezamos por quienes no quieren ver, para que decidan a favor de la esperanza, y que para el futuro a largo plazo de nuestro país, elijan la vida antes que la muerte para la humanidad.

Gracias por darse el tiempo para leer esto. ¡Mantengámonos unidos en oración! ¡Alabado sea Jesucristo!

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