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| Esta columna es la comunicación del Obispo con los fieles de la diócesis de Madison. Cualquier circulación más amplia va más allá de la intención del Obispo. |
Queridos amigos:
En las lecturas del Evangelio del domingo pasado encontramos un momento de tremendo shock e incluso de escándalo. Con frecuencia, cuando escuchamos las palabras “escándalo” en la Iglesia estos días, nuestras mentes son arrastradas inmediatamente a los horribles travestis en que se han convertido algunos que prometieron servir a la Iglesia pero en vez de eso abusaron de los más inocentes de su grey. Además de ser un asunto de tremenda vergüenza y pena para las víctimas y la familia, la revelación del abuso por parte de ministros de la Iglesia es un recordatorio chocante de la realidad de que a esta Iglesia, fundada por Jesucristo, se le encarga el cuidado de los seres humanos y por ello está sujeta a las caídas de los seres humanos. Recordamos esto y nos arrepentimos por las veces que hemos fallado, especialmente ahora que llega el tiempo penitencial de Cuaresma.
El dolor de las víctimas es entonces experimentado (no de la misma forma) por toda la Iglesia y es compartido –así como debería ser nuestra respuesta compartida– en el amor. Sin embargo, de este dolor surgen dudas que son fáciles de comprender. ¿Cómo puede ser que esta Iglesia esté fundada realmente por Jesucristo e insuflada por el Espíritu Santo si sus miembros son tan pecadores? ¿Cómo es posible?

