
¡La Resurrección de Jesucristo es el acontecimiento más hermoso e importante de toda la historia de la humanidad!
Sin la Resurrección, la misión de Jesús sería un fracaso rotundo; estaríamos atrapados en nuestros pecados y despejados de toda esperanza hacia la vida eterna.
Toda nuestra fe se basa en la convicción de que el Señor resucitó el Domingo de Pascua, y por eso celebramos esta santísima solemnidad con alegría, amor y acción de gracias.
Si el Señor Jesús no hubiera resucitado, entonces nuestras esperanzas, sueños, trabajo, amor y relaciones solo pertenecerían a este mundo y a esta vida.
En un escenario tan oscuro como ese, todo terminaría con nuestra muerte y se desvanecería en la nada de la eterna separación de Dios.
Esta triste desesperación y esta inherente falta de sentido nos atormentarían con la cruel sensación de estar atrapados en una pesadilla distópica, carente de luz y vida.
Me resulta fructífero reflexionar regularmente sobre cómo sería mi vida sin Cristo y sin su muerte y resurrección, de esta manera apreciando mejor el hecho de qué he sido salvado y apreciando a la persona para quién he sido salvado.
Una visión de la esperanza
En este Año Jubilar, el Papa Francisco nos ha ofrecido el alentador tema de la Esperanza, una visión que trasciende el velo de este mundo hacia la vida y la gloria del Reino de los Cielos.
Saber que Dios ha vencido definitivamente el poder del pecado y de la muerte para siempre nos permite confiar, perseverar, perdonar y sacrificarnos como discípulos católicos del Señor resucitado.
Podemos afrontar cualquier oscuridad, derrota, fracaso, pecado o dolor con una resolución pacífica y una esperanza perseverante, porque ninguna fuerza ni experiencia negativa tiene la última palabra sobre nosotros.
Cracovia en Polonia fue sede de la Jornada Mundial de la Juventud en 2016.
Junto con 90 jóvenes de la Diócesis de Gary y más de un millón de peregrinos, tuve la suerte de estar allí. Al acercarse el final de esta semana extraordinaria, un sábado por la mañana, bajo un sol abrasador, caminamos hasta un campo donde dormiríamos al aire libre y terminaríamos al día siguiente con una Misa papal.
El Papa Francisco vino esa noche a hablar con nosotros, y entonces se colocó sobre el altar la hostia Eucarística más grande que jamás he visto.
Al ponerse el sol y alargarse las sombras, más de un millón de nosotros nos arrodillamos y oramos en ese campo en un silencio supremo ante el Señor resucitado.
En ese momento, me di cuenta de que estábamos arrodillados sobre tierra santificada por la sangre de los mártires.
Los nazis habían llegado a este lugar, asesinando a millones de judíos y otras víctimas, buscando destruir la verdad de Dios y la dignidad de la persona humana.
Pero los nazis ya no estaban ahí, sino que ahora estábamos nosotros, más de un millón de católicos adorando al Señor.
Los soviéticos vinieron tras los nazis, con la intención de aplastar la Iglesia y toda práctica religiosa con una maldad violenta y sangrienta. ¡Pero los soviéticos se habían ido y allí estábamos! En ese momento sagrado, comprendí que el amor siempre triunfa, lo cual es simplemente otra forma de decir que Cristo siempre triunfa.
Ante el mal tan horrible y el asesinato sistemático, el amor a menudo se siente débil y frágil, pero al final siempre triunfa.
¡Esta victoria es el mensaje de la Pascua!
El significado de la Resurrección
En la cruz, Jesús nunca se vio menos poderoso, menos trascendental ni más derrotado.
Sin embargo, en ese terrible momento, nunca fue más libre, más eficaz ni más salvífico.
La Resurrección confirma el significado de la Crucifixión y muestra el poder de la Cruz como el medio por el cual Jesucristo restauró nuestra identidad perdida como hijos amados de Dios, ofreció el perdón de los pecados a la humanidad y gana para nosotros un lugar en el cielo.
Si nos tomamos en serio la santidad, somos fieles a la práctica de nuestra religión, buscamos superar nuestros pecados y poner al Señor en el centro de nuestra vida, confiamos en que, por la Divina Misericordia derramada del costado traspasado del Cristo crucificado, viviremos y reinaremos para siempre en el Reino de Dios.
Esta promesa, hecha solemnemente por el Señor mismo, es la fuente de nuestra esperanza y alegría mientras celebramos una vez más la maravilla de la Pascua.
¡Feliz y bendecida Pascua a todos!
¡El Señor Jesús ha resucitado de entre los muertos y estamos en verdad alegres!
