
Este pasado diciembre estuve visitando, junto con mi familia, el país de mi origen: una isla caribeña muy hermosa, calurosa, y llena de fiestas navideñas. Nuestras vacaciones llenas de campo, arena, y sol nos hicieron pausar del frío y la nieve que dejamos atrás al salir. En mi isla no había nada de “Blanca Navidad”, solo una rica “calurosa” Navidad, y esto es en todo el sentido de la palabra. No tan solo disfrutamos de un ambiente de 80 grados de temperatura, pero también gozamos de un ambiente caluroso lleno de recuerdos, familia, vistas hermosas, música navideña y comidas calientes que nos hicieron sentir en “casa”.
Una de las cosas más apreciadas que se pueden disfrutar en unas vacaciones navideñas en el país de origen es el amor y la mirada de Cristo en la familia en la cual solo Él te ha colocado. El compartir con los padres, hermanos, primos, tíos, y demás no solamente llena de alegría al corazón, pero nos hace recordar quienes somos, de donde nacimos, y los hermosos dones que Dios ha colocado dentro de nosotros desde un inicio. También, el estar rodeado de la familia nos ayuda a ver a Cristo en los demás, a reconocer que, en ellos, Jesús ha estado trabajando en mi como persona por mucho tiempo. Cristo, quien nació en la familia, nos ha regalado a una familia en particular para que crezcamos en las virtudes que nos hacen la persona que somos hoy formándonos aún en quienes todavía seremos.
Para mí, en este viaje en particular, después de dos años sin ver a muchos de mis familiares, pude reconocer más profundamente el don del compartir y el estar fielmente presente ante la otra persona. Ya sea escuchando una conversación entre la tía y el primo, o recordando buenos momentos vividos con la mamá, o viendo a los primos más jóvenes crecer en adultos fieles a Dios, o tener una linda conversación con el tío favorito, o caminar los pasillos de casas que te vieron crecer.
Esa presencia es también un regalo de Dios, y me hacer reflexionar que, como dice nuestro Obispo Hying, estar presente es un llamado de Dios y es algo que ya muchos no hacemos porque estamos muy ocupados con el trabajo, o la televisión o el celular, o nuestra propia ansiedad y preocupación. Pero la realidad es que somos llamados a estar ocupados con la familia, “perder” o pasar el tiempo con los hijos y el esposo o la esposa, o las amistades. El mayor regalo a una persona es su presencia y atención, el escuchar sin juzgar, el estar atento y dispuesto a ayudar en su necesidad. La presencia intencional hace que tanto uno mismo como el otro se sientan amados, entendidos, escuchados, y queridos y eso tienen un gran valor en la vida.
Estas Navidades pensé que yo sería el mayor regalo, y en cierto modo para mi familia lo fui, pero más aún fueron todos ellos quienes me recordaron lo amada que soy, la dicha de ser la persona en la cual Dios me ha formado, y de reconocer que los lazos familiares van más allá de un vínculo de sangre, pero que también son un recorrido espiritual que solo Dios en su inmensa bondad pudo crear.
Para este nuevo año mi deseo es continuar creando momentos donde Dios habita, lazos familiares profundos, enfocando mi vista y atención ante el otro, no imparta quien sea; de esta manera reconociendo en cada ser humano su dignidad como hijo e hija de Dios y estar atento a la profundidad y sencillez en la cual Cristo está trabajando. Mi deseo es también que todos nos enfoquemos más en la presencia y menos en la distracción, que seamos más intencionales en dedicar atención a quienes nos necesitan, ya sea en el hogar, en el trabajo, o en el vecindario.
