
Tras su fallecimiento el 21 de abril, oramos por el Papa Francisco, para que descanse en la luz eterna del Señor Resucitado, a quien proclamó a lo largo de su vida sacerdotal, y especialmente en su ministerio como sucesor de San Pedro por 12 años.
A pesar de tener 88 años y estar muy enfermo, su muerte pareció repentina, dado a su gran actividad el Domingo de Pascua, impartiendo su bendición desde el balcón de San Pedro y paseando entre la multitud en la plaza por su última vez.
Se propuso vivir la Pascua para poder proclamar la Resurrección de Jesucristo al mundo por última vez.
Temas pastorales
Tres temas pastorales clave que veo en el papado del Papa Francisco son su celo por proclamar el Evangelio y formar discípulos misioneros, su lucha por la paz mundial mediante la justicia y la misericordia, y su amor por los pobres y marginados.
Con razón, la evangelización ha sido una prioridad clave para todos los papas recientes.
La Iglesia existe para evangelizar, como enseñó San Pablo VI en Evangelii Nuntiandi en 1975, por lo que el Papa Francisco se esforzó incansablemente por llevar el Evangelio y su propuesta de salvación en Jesucristo a cada corazón humano.
Él llamó a la Iglesia a mirar con pasión hacia afuera para cumplir la misión que Cristo mismo le encomendó en la Gran Comisión.
En su exhortación apostólica, Evangelii Gaudium, “La alegría del Evangelio”, dijo: “Sabemos bien que con Jesús la vida se enriquece y que con Él es más fácil encontrarle sentido a todo. Por eso evangelizamos”.
Añadió que “Un verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Siente a Jesús vivo con él en medio de la labor misionera. Si no lo vemos presente en el corazón de nuestro compromiso misionero, nuestro entusiasmo pronto se desvanece y ya no estamos seguros de lo que estamos transmitiendo; nos falta vigor y pasión. Una persona que no está convencida, entusiasmada, segura y enamorada, no convencerá a nadie” (EG 266).
El Papa Francisco miró al mundo entero con un corazón de pastor y sufrió junto a quienes padecían el flagelo de la guerra y el conflicto.
Desde la guerra en curso en Ucrania hasta el terrible sufrimiento en Gaza, desde las numerosas guerras civiles en África hasta la violencia interna de las bandas en muchos países, el Papa luchó y abogó por la paz, buscando una solución justa y duradera al conflicto, la violencia y la miseria.
Con frecuencia reunió a líderes mundiales para buscar un camino de reconciliación y armonía. En este esfuerzo constante, el Papa Francisco hizo eco de la voz de sus predecesores, quienes proclamaron la paz de Cristo a un mundo atormentado.
En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año, el Papa Francisco dijo: “Busquemos la verdadera paz que Dios concede a los corazones desarmados: corazones que no se dedican a calcular lo mío y lo tuyo; corazones que transforman el egoísmo en disposición de acercarse a los demás; corazones que se sienten en deuda con Dios y, por lo tanto, dispuestos a perdonar las deudas que oprimen a otros; corazones que reemplazan la ansiedad por el futuro con la esperanza de que cada persona puede ser un recurso para la construcción de un mundo mejor” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2025, 13).
Sobre todo, en la historia se recordará al Papa Francisco como alguien que amó a los pobres y marginados, a aquellos excluidos de una vida digna debido a la pobreza, la enfermedad, la discapacidad, el desempleo o la migración forzada.
Él nos llamó constantemente a todos a buscar a los marginados, a los olvidados y a los invisibles. Quería que la Iglesia fuera de los pobres y para los pobres.
Sin duda, su propia experiencia trabajando en los barrios de Buenos Aires moldeó su mente y su corazón para ir en busca de los perdidos y abandonados.
Él nos instó a los sacerdotes a oler como ovejas y a evitar la pompa del oficio papal en busca de una mayor sencillez evangélica. En su mensaje de 2017 para la primera Jornada Mundial de los Pobres, afirmó: “Si realmente deseamos encontrar a Cristo, debemos tocar Su cuerpo en los cuerpos sufrientes de los pobres, como respuesta a la comunión sacramental que se nos otorga en la Eucaristía. El Cuerpo de Cristo, partido en la sagrada liturgia, se puede ver, a través de la caridad y el compartir, en los rostros y las personas de los hermanos y hermanas más vulnerables” (Mensaje para la Jornada Mundial de los Pobres, 2017, 3).
Más adelante, citando un ejemplo de santidad, el Papa Francisco dijo: “Tomemos, pues, como ejemplo a San Francisco y su testimonio de una pobreza auténtica. Precisamente porque mantuvo la mirada fija en Cristo, Francisco supo verlo y servirlo en los pobres” (Mensaje para la Jornada Mundial de los Pobres, 2017, 4).
Aferrándose a la esperanza
Me parece apropiado que el Papa muriera, no solo en esta Octava de Pascua, sino también en este Año Jubilar, que él tematizó con la virtud de la Esperanza.
La última vez que un Papa murió en un año jubilar fue Inocencio XII en 1700.
La esperanza es un don del Señor para sostenernos en los momentos difíciles y oscuros de esta vida terrenal.
La esperanza es saber que Dios ya obtuvo la victoria para nosotros en Cristo.
Hemos leído el Apocalipsis y sabemos cómo termina la historia de la humanidad.
Cristo vence definitivamente al Maligno, la muerte y el pecado, y entonces los santos brillan como el sol en el Reino de Dios para siempre.
Nuestra esperanza fluye del poder y la gracia de la Resurrección de Jesús, que celebramos tan hermosamente en esta Octava de Pascua.
Jesús es quien restaura nuestra identidad fundamental como hijas e hijos del Padre, quien perdona nuestros pecados, quien nos conduce al Cielo. En Spes Non Confundit, la bula de invocación para el Año Jubilar de la Esperanza, el Papa Francisco dijo: “¿Qué será de nosotros después de la muerte? Con Jesús, más allá de este umbral, encontraremos la vida eterna, que consiste en la plena comunión con Dios, contemplando y compartiendo para siempre su amor infinito. Todo lo que ahora experimentamos en la esperanza, lo veremos entonces en la realidad” (Spes Non Confundit, 21).
Historiadores, expertos y teólogos debatirán el legado del papado del Papa Francisco durante años, pero el fruto perdurable de su ministerio papal será su celo evangelizador, su pasión por la paz y su amor por los pobres.
Estas prioridades pastorales reflejan acertadamente el espíritu del primer papa de la historia, quien eligió a San Francisco de Asís como su homónimo y su inspiración.
Concede, Señor, el descanso eterno al Papa Francisco y que brille para él la luz perpetua. Que su alma y la de todos los fieles difuntos descansen en paz.
