
Tanto nuestra naturaleza humana como espiritual ha sido creada para compartir en amor y amistad con Dios y con todos a nuestro alrededor. Mientras nos acercamos al Día de San Valentín, conocido culturalmente como el día del amor y la amistad, podemos tomar un momento para reflexionar en cómo podemos crecer en amor y amistad con Cristo y con nuestros hermanos y hermanas aquí en la tierra. Ya que nuestra relación con Cristo tiene todo que ver en cómo crecemos en amistad, amor, perdón, compasión y relación con nuestro prójimo, es importante recalcar que mientras más crecemos en nuestro amor por Dios, más nos podemos desprender de nosotros mismos para amar al otro de la manera que Dios nos pide.
Cristo, quien ha imitado el amor sacrificial del Padre, nos da el ejemplo máximo de un amor que deja todo por sus amigos. Este es un amor que demuestra el desapego de uno mismo para mirar hacia el otro. Por ejemplo, como una madre se olvida de sí misma y se levanta cansada de la cama en medio de la noche para atender a su bebé que llora, o un padre que salta al agua sin pensarlo dos veces si ve a su hijo caer de una barca. Este tipo de amor sacrificial existe dentro de nosotros, pero muchas veces nos toca practicarlo intencionalmente cuando no es evidente hacia los demás.
Este tipo de amor se puede fortalecer cuando practicamos ciertos hábitos en nuestra vida. Como lo es el tener una vida de oración diaria o realizar el examen de conciencia diario para ver las maneras en las cuales no amamos a Dios con nuestros pensamientos, palabras, y acciones. También el vivir una vida sacramental y centrada en las obras de misericordia fortalece el amor sacrificial que habita en nosotros.
Estos hábitos de santidad deben están centrados en la persona de Cristo quien es el único que puede ablandar nuestro corazón y purificar nuestras intenciones humanas para que las mismas estén más acorde a la voluntad de Dios. Como seres humanos se nos hace difícil muchas veces desprendernos de nuestras propias necesidades o ansiedades y, muchas veces, terminamos apartando a los demás de nuestro círculo. Los hábitos de santidad centrados en Cristo nos ayudan a ser más intencionales en las acciones que tomamos en cuanto amar a nuestro prójimo. También estos hábitos nos ayudan a estar atentos, a tomar las oportunidades que solo Dios coordina y a tomar acción cuando el Espíritu Santo nos lo pide.
El crecer en amor y amistad también significa, a veces, ir “en contra de la corriente”. Cuando tenemos el impulso de correr, escondernos, o ignorar la voluntad de Dios en el momento de amar a nuestro prójimo, es cuando más tenemos que ir en contra de nuestro miedo y actuar de manera amistosa y amorosa, compasiva y servicial. Este tipo de desprendimiento a mi voluntad o mis miedos, y el apego a la voluntad de Dios toma tiempo fortalecer, pero con una práctica más consistente de los hábitos de santidad (la oración, los sacramentos, las obras de misericordia, entre otros) y una apertura a amar sacrificialmente, podemos impulsar a nuestro cuerpo, mente y alma a una relación cristiana más profunda entre mi persona y los demás.
Durante este mes del ‘amor y la amistad’, busquemos las maneras de desprendernos de nosotros mismos y amar más cristianamente a nuestro prójimo, en especial, a aquellas personas con quienes tenemos más dificultades. Tratemos también de colocar nuestras necesidades, miedos o ansiedades a un lado, aunque sea por un momento, para permitir que Dios obre en nosotros y podamos ser un reflejo de Él hacia nuestro hermano. Amemos y crezcamos en amistad y comunidad, como estamos llamados a hacerlo ya que es así como fortaleceremos la Iglesia.
